viernes, 3 de septiembre de 2010

La carta como antitwiter

"La correspondencia en sí misma ya es una forma de la utopía. Escribir una carta es enviar un mensaje al futuro; hablar desde el presente con un destinatario que no está ahí, del que no se sabe cómo ha de estar (en qué ánimo, con quién) mientras le escribimos y, sobre todo, después: al leernos. La correspondencia es la forma útopica de la conversación porque anula el presente y hace del futuro el único lugar posible de diálogo". Ricardo Piglia escribió "Respiración artificial" en 1980 y todavía hoy muchos dicen que es su mejor libro. Es un libro hecho de cartas que vienen y van: viajan de un lugar a otro y también desde el pasado hacia el futuro.

Este párrafo que cito me parece certero y provocador porque va a contramano de la historia. Habla de la espera que acompaña al que envia una carta y se queda ansiando la respuesta. O del que se sorprende cuando un día alguien le toca la puerta y le deja -entre las facturas de la luz, el gas y el teléfono- un mensaje escrito de puño y letra. Se refiere a un vínculo que no es instántaneo y fugaz, sino a un intercambio que edifica una relación.
La carta de la que hablo es una especie de antitwiter. Es un intento de dejar algo de uno en lo que se escribe, de sincerarse ante alguien que -sabemos- lo merece, de llegar al otro. No tengo feisbuk, pero entiendo que es una vidriera de vidas ajenas que sólo nos interesan porque están expuestas. No tengo tuiter pero me dicen que es un terreno donde el que combina ironía e inmediatez se luce y los demás sólo miran un ping pong de chicanas ajenas. Opino que lo único bueno que tienen feisbuk y tuiter es que sirven para que los asalariados le robemos tiempo al trabajo que nuestros patrones nos obligan a hacer. Reivindico en minoría al mail que, si quisieramos, puede convertirse en una carta pero me doy cuenta de que solo me nacen mails con forma de carta cuando me quiero pelear con alguien: si no escribo cortito. Y a los blogs que nos invitan a volver a leer.

Tengo cartas arrugadas que mi viejo le escribió a mi abuela desde las cárceles de la Patagonia en las que esuvo preso. Guardo una carta escrita a máquina sobre un papel verdoso y grueso que mi tío le escribió a mi vieja, cuando eran jóvenes y felices: le hablaba ahí de "paladear la existencia" (una locura! un tiempo congelado si se mira desde el vértigo de hoy). Conservo correpondencia de un pasado que hoy parece remoto pero tiene apenas 30 años. Recuerdo mensajes que me llegaron en papel con una mancha de mate y me creo que alguna vez recibi una carta con lágrimas de alguien que me quiso. Un día voy a hacer algo con ese tesoro para que esas líneas vuelvan a contarme cosas que no sabía.

4 comentarios:

messiel' cartous dijo...

Se podría decir que la carta ya pasó a ser una artesanía, algo así como un regalo.

Anónimo dijo...

me siento incluído en la incorrección. Los invito a que me conozcan como autor… Mi nombre es Fernando del Rio y acabo de publicar por Ediciones B la novela “Que Así Sea”.

Subcomandante B. dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Subcomandante B. dijo...

Esas cosas que vamos atesorando con el tiempo, por mas que sean objetos sin valor y banales para el imaginario popular, son las que me hacen sentir que estoy vivo...
Excelente, como siempre, Enrique!!!

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